jueves, 23 de abril de 2009

PAISAJISMO



A veces juego a recorrer mis pensamientos y hoy la jugada traspasó hacia muchos años atrás cuando era una niña. Recordé aquellas invenciones de infancia en las que yo participé tantas veces como protagonista cuando creía que el parque al que solían llevarme mis padres era otro reino. Un reino habitado por hadas y por seres de otro mundo.


Yo subía y bajaba por el cerro mientras papá y mamá me seguían a paso más lento. Pensaba que era un reino en el que podían ocurrir cosas mágicas. Me imaginaba a mí vestida de otra forma atravesando el umbral de una fantasía llena de seres escondidos, gnomos y seres mágicos y pensaba que en cualquier momento un hada aparecería y me concedería algún deseo.


Recuerdo una ocasión en la que estaba plantada figurando este paisaje en la subida donde está la cascada, cuando me encontré con otro niño que se paseaba justo delante de mí. Quería preguntarle si quería jugar pero no me atreví. En ese instante, este niño empezó a subir y a bajar una y otra vez de ese lugar y yo no entendía porqué lo hacía. El se me acercó y me preguntó si quería jugar con él. Yo le pregunté curiosamente cual era su juego. Me dijo que él se entretenía peleando con los seres de roble.
-¿Quiénes son?- pregunté.
Y él con los ojos muy abiertos me dijo que eran los árboles.


Entonces me contó que siempre iba a ese parque, porque sus abuelos vivían a metros de allí y que jugaba a imaginar que ellos eran guerreros en su contra a los cuales debía derrotar. En su cuento yo entraría a hacerle compañía con el fin de sumar fuerzas y derrotar a aquellas especies. Y así, ese día nos quedamos casi toda la tarde hasta que me tuve que ir.


Desde ese día no paré de pensar en aquel juego y cada vez que pasaba al lado de algún árbol me preguntaba cual sería la mejor forma de derrotarlos para poder decirle mi plan a ese niño. Ese juego se transformó en una obsesión que no se detenía. Dejé de ver televisión y me dedicaba solo a pensar en eso. Luego, dejé de prestar atención en clases ya que mi mente divagaba recurrentemente.


Así fue como empecé a estudiarlos. Le pedí a papá que me comprará un libro donde pudiera ver todas las clases de árboles existentes y empecé a compararlas con las que veía en el parque, al cual, dicho sea de paso, iba cada vez con más frecuencia. Le pedía a cualquiera de mi familia que me llevara y me pasaba mucho tiempo tratando de identificar cada tipo de especie certificándolos con lo que decía mi libro. También dejé libre un cuaderno, en el cual iba haciendo anotaciones con respecto a lo que iba entendiendo. Me hice tan fanática de ellos que quería hablar de esto con alguien más y se lo comentaba a mis padres los que no entendían muy bien el porqué de esta fijación arbórea. Esperé varias semanas para volver a ver a ese niño pero no aparecía, hasta que de repente, ya sin esperanzas, lo vi de nuevo. No me saludó ni nada, por lo visto, no me reconoció. Así que tomé fuerzas y le fui a contar lo que había descubierto en el transcurso de todo ese tiempo.


Cuando empecé a enumerar los nombres de los árboles plantados en el parque me miró muy fijamente y en silencio escuchó cada una de mis palabras, deteniéndose a observar cada uno de acuerdo a lo que le iba indicando con mi dedo. Luego de mi monólogo se levantó y saltó dos veces poniéndose en posición de guerrero karateca o algo así. Gritó la expresión típica de pelea, el tan famoso ¡ya! agudísimo y me dijo.-llegó tu hora. Yo fruncí un poco el seño y le dije ¿hora de qué? El volvió a repetir su ¡ya! Y me dijo:- ya no puedes pelear junto a mí porque ahora ya eres una de ellos. Y salió despavorido por las escaleras del cerro.


Me hace gracia acordarme de esto. Sobre todo ahora que acabo de terminar la carrera de paisajismo.

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