miércoles, 29 de abril de 2009

Ulises

Hoy fue un día de aquellos en que mejor a uno ni se le ocurra levantarse. Como si el universo conspirase contra mí, dos acontecimientos me dejaron con un ánimo a mal traer. Me levanté muy temprano para ir al banco. Al llegar allá esperé en una fila por dos horas para retirar el depositó que salvaría mi fin de semana, pero, por esas cosas de la vida, tal depósito no llegó y yo no podía hacer nada al respecto. Agregado a eso, aquella misma mañana antes de ir al banco había tenido una discusión con mi novia, por algo que ya ni siquiera recuerdo y habíamos decidido, sin mucho diálogo, disolver nuestra relación. Todo eso había dejado una Úlcera en mi humor y esa herida infecciosa fue suficiente estímulo para gritarle a la cajera del banco, la cual no tenía nada que ver con mi asunto. Después del acalorado incidente salí del banco a tomar un poco de aire, y caminé por la calle tropezando con la multitud que a la una de la tarde pasa apurada en dirección a la fuente alemana para comerse un completo.

De pronto y sin darme cuenta me vi llegando a la plaza que siempre veo al pasar trotando o cuando voy camino a mi casa, ya que queda a casi dos cuadras, pero, en todo este tiempo, no se me había cruzado la idea, hasta este momento, de sentarme un rato. Y lo hice. Me acerqué a un banco, puse mi bolso encima y albergándome en la sombra cálida de la línea arbolada miré a mi alrededor sintiendo el viento fresco. Entonces, como por disparo se me vino un recuerdo a la mente. Me acordé porqué no me sentaba nunca en aquella plaza, la que ahora se había convertido en una especie de parque de entretención que ampara a dinosaurios y juegos prehistórico.

Cuando tenía diez años tuve un gato. Ulises se llamaba. Era negro y de raza bombai. Un día de juegos, en aquella misma plaza mI madre y yo lo habíamos encontrado maullando y escuchando sus alaridos de búsqueda se despertó en mÍ el deseo de tenerlo. Ulises era negro; muy muy negro y tenía una pequeña mancha blanca en su cuello. Le pregunté a mamá si podía llevarlo con nosotros. Ella, por supuesto, se negó. Ulises, que en ese entonces era un NN, estaba a punto de mostrarnos sus huesos por lo flaco que estaba y eso a mamá le daba un poco de asco, pero a mÍ su cara me resultaba muy simpática.

Después de varias insistencias casi a tono de show avergonzador delante de las demás señoras del parque, mamá accedió repitiendo que de ahora en adelante Él era absoluta responsabilidad mÍa, que yo debía alimentarlo, cuidarlo y cambiar su arena para las fecas. Eso no me pareció mayor problema, sólo quería que nos fuésemos de la plaza para llevarlo a casa, darle de comer y jugar. Y así partió mi vida nueva con Ulises, quien se convirtió en mi mejor amigo y hasta creo que de cierta forma adoptó mi personalidad, (eso pienso ahora que soy más adulto). Cuando Ulises creció empezamos a ir a jugar a la plaza, antes de que el período jurásico llegara a ella, por cierto. En aquel entonces era un parque normal, con bastante espacio libre. Yo me sentaba en un banquillo mientras miraba a Ulises trepar árboles, revolcarse y correr por el parque. Jamás hizo intento alguno por marcharse de mi lado. Si era hora de irnos le daba un grito y volvía conmigo en brazos hasta casa. Era como un perro mejor entrenado. Ulises no me pedía salir, sino que yo lo llevaba por gusto propio, y es que mientras el brincaba por el pasto yo había tomado por costumbre hacer mis tareas a la sombra de los gigantescos árboles que tapaban todo como un mini bosque.

Un día, al regresar de nuestra tarde en el parque, me enojé con mi hermana Claudia porque ella se había llevado uno de mis libros sin permiso y a mÍ no me gustan que me saquen las cosas sin preguntar, porque pienso que invaden mi intimidad. En fin, ese día en que me indigné con mi hermana grité por toda la casa evocando al mismísimo infierno que se la lleve por haber atentado contra mi estado normal de ánimo y Ulises no dejaba de perseguirme. De seguro quería que lo tome en brazos o que me recueste con Él en el sillón a mirar los monitos animados, pero yo ensoberbiado no lo tomé en cuenta y Ulises como poseído por mi propio mal genio se trepó por mis piernas y me dio un rasguño en el brazo. El rasguño fue de casi diez centímetros, y Ulises salió proyectado a todo lo que da después de haberme propinado tal golpe. A miS múltiples ¡ay! quejumbrosos le siguieron una retahíla de insultos histéricos en contra de Ulises y fui en su búsqueda. Lo tomé del pellejo por la cabeza y le grité que jamás vuelva a hacerme eso y que no lo quería volver a ver y lo tiré tan fuerte que fue a dar contra la puerta de calle. De nuevo partió hacía otro lugar y yo lo dejé ir.

Me curé la herida con povidona y me senté un rato en la puerta de mi casa a mirar los buses pasar. No sé cuánto tiempo habrá pasado de eso, hasta que me levanté de allí y fui a averiguar donde se había metido Ulises.

Lo busqué por toda la casa pero no apareció. Subía y bajaba una y otra vez las escaleras, pero no aparecía. En eso me di cuenta de que la ventana de la cocina estaba abierta y pensé de inmediato que se había escapado. Salí a la calle enteramente poseído como en un arranque de frenesí. Recorrí toda mi cuadra mirando por cada rincón y no había nada. En mi estómago los nervios se me apretaban, sentía algo helado que recorría mi espalda y un sudor frío que se acumulaba en mi frente como queriendo presagiar lo peor: Que Ulises se había ido.

Caminé y caminé sin advertir que llegaba a la plaza. Mi espíritu derrotado hizo una pausa y me tumbé en el pasto entre las hojas secas de aquel otoño. Ahí respiré un instante y una lágrima rozó mi mejilla. La saqué instantáneamente con la mano enrabiada como pretendiendo arrancar de mÍ esa sensación. Me paré de allí y di unos cuantos pasos, cuando de pronto lo vi. Ulises jugueteaba con unas hojas secas. Corrí para tomarlo y como si hubiera visto un fantasma me miró fijamente con sus ojos verdes, me dio una ojeada como espantado, como si quisiera decirme algo. Yo me acerqué y lo acaricié y Él sólo me observó mientras yo lo apretaba contra mi cuerpo. En eso, Ulises se me escapó desenfrenado. Cruzó la calle y un charade azul lo aplastó sin más.
Recuerdo que en ese momento me embrutecí. No pude gritar, no hice nada. El auto paró y la señora que lo conducía se bajó y vio a Ulises esparcido por la calle. Se tomó la cara, movió la cabeza como queriendo decir que ya no había nada más que hacer, volvió al charade y siguió su camino.
Yo ahora me acuerdo de todo eso en medio del diplodocus padre y un par de diplodocus bebes, y pienso que de alguna manera la plaza estuvo tácitamente vedada para mí. Porque tal vez siempre que me detenga a reposar en algún banquillo y mire hacia la calle veré el cuerpo inerte de Ulises desparramado y sin vida. Y por sobre todo, me acordaré, como lo hago ahora, de sus ojos verdes bien abiertos, y sin expresión. Sus patitas estiradas y su cola partida en dos. Uno no se recupera tan fácil de días aciagos como esos. Ese sÍ que fue un mal día. Este solo es uno más de la rutina de ser grande.

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