Jamás podremos contar con los dedos de las manos cuantas veces nos equivocamos o cuantas veces acertamos en la vida, y eso, a mi gusto, es injusto ( no sé ustedes). Y no las contamos porque cuando damos cachetazos con esos errores tendemos a buscar inmediatamente la solución o a perdernos en alcohol o lo que sea y no miramos, no podemos; el cuerpo, la mente, el espíritu, la devoción por la vida que se nos escurre y no sabemos qué hacer. Nos perdemos en medio de un desierto que no tiene nada que ver y luego, cuando ya salimos a flote, nos damos cuenta de las opciones, que pueden ser o no, tampoco lo sabemos y nadie lo sabe. La maldita incertidumbre. Y cuando hacemos las cosas bien , cuando tenemos aciertos ahí también nos perdemos: en orgullo, ego, locura o lo que sea emocionalmente placentero.
Este juego que llamaron vida es así, querámoslo o no, es así. Lo único que de verdad me entristece es que bajo este parámetro de episodios que suceden la gente no ve, cree ver, y años más tarde no sabe cómo reaccionar ante esa gente que dejó ir y que tal vez nunca debió abandonar y está incómoda con esa otra gente con la que jamás debió quedarse.Hay que saber confiar y fiarse del instinto , eso se llama lealtad. Con uno mismo y con la propia condenada existencia.
Yo he cometido tantos errores como palomitas de maíz he comido y entregado tanto como palomitas de maíz he recibido, sólo me quejo por los cobardes, yo nunca más ( y esto lo doy ya por sentado), volveré a ser cobarde.
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